Anna pone un
huevo.
Se desliza sin
problemas
hacia fuera de
ella y así
ella no tiene que
hacer fuerza.
Pero ella está
bien
lista y se
ruboriza,
también sus
dedos, incluso
sus pechos se
ruborizan.
Como el de una
cigüeña,
el de un
pelícano,
o el de un cisne
así de grande es
el huevo.
Ahora lo guarda
cuidadosamente
en su mano porque
es ligero e
inmaculado,
transparente se
estremece la cáscara.
Pero sin
contenido,
se asusta.
Le resultó
pesado,
que no la
abandonase.
Entonces cree oír
algo:
música, una voz.
Puso el huevo
junto a ella
en la cama, un
palmo
de su sueño que
que le trajese
calma y consuelo.
Traducción de un poema de Ivo van Strijtem